Sentirse dentro de un cuerpo que no sientes sigue siendo un aspecto muy poco comprendido en nuestra sociedad. Ser lesbiana, gay o bisexual, a pesar de las muchas dificultades aún, es más fácil. Querer a alguien de tu mismo sexo o de ambos sexos sea cual sea el tuyo ha ido abriéndose paso en muchas mentes e imaginarios. Las leyes nos reconocen y los derechos avanzan, a pesar de lo mucho que queda todavía por hacer.

Ser una persona trans no es una cuestión suficientemente visible, ni comprendida. Pese a que hay leyes que ya reconocen el cambio, la única manera de hacer el tránsito es certificar una enfermedad mental: la disforia de género. Este es el peaje a pagar para poder ser quien se siente: ser mujer u hombre, a pesar del sexo biológico.

Cuando vimos la obra teatral “Limbo” nos mostraban una realidad aún más escondida: “De pequeña, cuando me decían que bonita, yo quería ser bonito. De pequeña, cuando me hacían sentir sola, yo me sentía muy pequeño. De pequeña, todos me hacían sentir sola y me sentía muy, muy solo, más solo que nadie “. Los y las menores trans se sienten niños o niñas al margen de sus genitales y esto es un factor de exclusión, de soledad, de vivir anhelando hasta la mayoría de edad su vida real, una vida real en que son personas clasificadas, al margen de lo que quieran ser.

Las personas trans que han explicado sus experiencias de tránsito y hacen visible la realidad han sido personas valientes que han posibilitado la mejora de la vida para muchas otras. Las madres y padres que apoyan a sus hijas e hijos son imprescindibles. El hecho de que madres y padres salgan del armario, reconozcan el deseo de sus hijas e hijos y reclamen sus derechos es importante para ellas y ellos, para el colectivo LGTB y para toda la sociedad. En este sentido experiencias como las de Oasis, el pasado verano, son las que nos dan ideas de cómo ir cambiando, de cómo dejar de excluir, de cómo disfrutar la vida siendo quien eres.