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Reflexiones cocidas a fuego lento después de los hechos de Orlando

El mes de Junio ​​tiene mucho peso simbólico para las personas LGTB. Hace tiempo que se instauró como el mes para salir a las calles y luchar por nosotros y nosotras. Este año, a este mes de junio se le ha añadido otra fecha que nos debe hacer reflexionar, luchar y salir a la calle por igual: el 12 de Junio. Ya ha pasado tiempo, lo suficiente para que pasara gran parte de la atención mediática. Lo suficiente para poder pararnos a pensar y ver qué podemos aprender de lo ocurrido en Orlando.

A pesar del sufrimiento de los primeros días por recibir una lluvia bestial de islamofobia por parte de personas cercanas, quedé gratamente sorprendido de la reacción de mi entorno, debe ser que con las experiencias pasadas (París, Bruselas …) ya tengo las redes sociales netas de alocados.

Quien no falló fueron los medios que rápidamente olvidaron quien había muerto y se fijaron en quien los había asesinado. La homofobia desapareció de sus discursos para ser sustituida por otras palabras, siempre haciendo referencia a la religión de Omar Mateen. Aún así mi timeline estaba lleno de gente LGTBQIA+ de todas partes recordando que lo que había matado a todas aquellas personas no era una religión, sino la LGTBfobia. Por desgracia la mayoría de ellas olvidaban que el racismo también jugó un papel clave aquella noche, dado que casi todas las muertas eran latinoamericanas.

Quizás Orlando es el detonante que necesitamos para terminar de abrir los ojos y que las personas que trabajamos por la diversidad de orientaciones sexuales e identidades y expresiones de género nos posicionamos claramente como antirracistas, en contra de la islamofobia y de la islamofobia de género en particular. Las razones que os propongo son las siguientes:

Pienso que es importante pararse a pensar que los medios han olvidado tan rápidamente de la clarísima homofobia y el racismo que hay tras los hechos de Orlando. Y porque nosotros y nosotras hemos pasado por alto el factor racial. Es importante recordar que unas semanas antes había habido un ataque muy similar a otra discoteca gay en México. No oímos nada de esta porque quien llevó a cabo la matanza no fue reconocido como musulmán. No oímos nada de esta para que nuestras muertes no eran la parte importante, no lo son, sólo lo era quien nos había matado. Porque siempre hay unas muertes que valen más que otras y no nos equivocamos: nosotras acostumbramos a estar en el lado menos valioso.

La respuesta internacional a la matanza de Orlando responde a un proceso de criminalización del islam. Un proceso al que no le interesan las declaraciones de la gente cercana a Omar Mateen que lo describen como homófobo, machista, y como poco religioso. Un proceso al que tampoco le ha interesado pensar en esa gente que afirma que Omar en realidad era homosexual, o que frecuentaba el club que atacó y que el ataque de Orlando fue en gran parte una represalia causada por una fuerte homofobia interna. A este proceso tampoco le interesa reflexionar que parte de esta homofobia se genera porque ellos están ayudando a seguir vendiendo el Islam y la homosexualidad como categorías opuestas.

A los intereses (por ambos lados) que hay detrás de todo lo que está pasando no les interesa la existencia del Islam queer, no reconocerán nunca el feminismo islámico, ni las lecturas poscoloniales del Islam. Ambos polos, tanto el de las personas musulmanas más integristas como aquellas que quieren situar el Islam como enemigo, les interesa promover una visión cerrada y excluyente del Islam.

Aquellas que luchamos para poder existir desde la diferencia debemos unirnos para detener la violencia. Debemos unirnos para mostrar que eso que dicen no es cierto, que existen personas muy diversas: musulmanas y homosexuales, feministas que llevan hijab (el velo), musulmanas que no llevan, mujeres trans que llevan hijab e incluso niqab (el velo que cubre la cara), y personas musulmanas heterosexuales y cisgénero que nos apoyan sin rodeos y acogen la diversidad al igual que otras personas heterosexuales y cisgénero que no sean musulmanas.

Debemos unirnos porque nos están utilizando los unos contra los otros. Porque es desde dentro de las religiones que podremos combatir el machismo y la homofobia que encontramos, que se corresponden al machismo y la homofobia de las sociedades en las que vivimos. Debemos unirnos porque hace tiempo que disfrazan de feminismo el odio hacia las mujeres musulmanas, porque instrumentalizan las luchas y políticas LGBT para promover el racismo, para polarizarnos y aislarnos tanto como puedan, para continuar olvidando y negando todas aquellas personas racializadas y lgtb. Para continuar asesinándonos.

Pero sobre todo debemos unirnos porque en el fondo nuestras luchas son la misma. Luchamos para poder ser, para poder existir como queramos, por el derecho al propio cuerpo y por el derecho a la propia imagen. Luchamos por el derecho a poder ser diferentes.

 

Pol Galofre Molero (Barcelona, 1987) es técnico de sonido y cineasta especializado en cine documental y activista trans. Es uno de los coordinadores del proyecto Cultura Trans y dinamizadores del Espacio Trans. Junto con Miguel Missé ha editado el libro Políticas Trans – Una antología de textos desde los estudios trans Norteamericanos (EGALES, 2016). Realizó con Brigitte Vasallo el proyecto TransRaval en el marco de la exposición Translocaciones del Centro de Artes Santa Mónica y Idensitat, y con Bel Olid realizaron el proyecto Ésser Lliure por el festival Ingràvid. También ha dirigido el corto documental Feines per gent valenta, para el Ayuntamiento de Barcelona. Es docente en el Master Género y Comunicación de la UAB y colabora estrechamente con La Bonne, Centro de Cultura de Mujeres Francesca Bonnemaison.

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